NUCLEO PROBLEMICO 5 : ESTETICA Y ESCUELA

ESTETICA Y ESCUELA 
KANT 


Hay ciertas cosas que parecieran pertenecer ni más ni menos que al pasado. Una de ellas, sostienen muchos, es la estética de Kant. Esta apreciación se explica, en gran parte, por la sorpresa y extrañeza que suscita la lectura de la Crítica de la facultad de juzgar a los lectores modernos. Acostumbrados, como estamos, a las estéticas contemporáneas que centran su atención en el arte, la kantiana gira en torno a una belleza que concierne más a los productos de la naturaleza que del arte. Casi de manera tangencial y esquiva dedica Kant unos pocos parágrafos de su obra a la belleza artística. Y, por si fuera poco, la misma noción de belleza, tan cara a Kant, a su siglo y a las teorías clásicas sobre el arte, nos despierta la sospecha de corresponder, a la luz del arte que hoy se hace, a una sensibilidad obsoleta (cf Perniola 2001, p. 196). Si, además, reparamos en uno de los términos clave de la estética de Kant, el "gusto", que ahora lo asumimos como completamente desfasado y elitista o, en todo caso, idiosincrásico, propio de círculos anticuados, insustanciales o particulares, tendríamos que concluir que será muy poco lo que 



encontremos en su obra que nos sirva para esclarecer lo que el arte hoy nos demanda.
El propio siglo de Kant, llamado con razón, a la vez, el siglo de la estética y el siglo de las luces, no correría mejor suerte. ¿Qué impresión sino la de la lejanía y extrañeza podría causarnos esa profusión tan particular de cuestiones estéticas? Por mera curiosidad intelectual y no con la intención de comprender qué es el arte hoy, tendría caso conocer los peculiares rasgos que dicho siglo exhibe. Allí encontramos una reverberación de problemas estéticos, que podríamos tratar como curiosidades de una época remota. Así, la crítica del gusto, ejercida por tantos autores ingleses, franceses, alemanes, el horizonte poético con el que se considera a las artes, el esquema gnoseológico de Baumgarten, las investigaciones de Vico, las reflexiones de los artistas, los críticos y los poetas, junto con los problemas planteados en torno a los límites de la percepción, las cuestiones relativas al placer, a la belleza, al sentimiento, a la forma, las características que tantos autores se empeñaron en advertir en las artes, el reverente temor ante la inmensa grandeza de la naturaleza, constituirían nada más el telón de fondo, distante y ajeno, en el cual situaríamos la vieja empresa de Kant (cf. Franzini 2000, p. 15). Una empresa barroca en el portentoso galeón de un viaje que llevó a ese siglo desde las metafísicas de la belleza a la relatividad del gusto.
El viaje no es, en el siglo de Kant, una simple metáfora. Se conocen nuevos horizontes en los que pueden confrontarse diversas experiencias y visiones del mundo. Justamente la exaltación descriptiva de la variedad y la diferencia, para la cual el problema del gusto, clave para ese siglo, es harto significativo, unida a la amplitud cualitativa y cuantitativa, sin precedentes hasta ese momento, van acompañadas del hecho de que las ideas se transmiten con relativa velocidad; a los descubrimientos geográficos siguen exploraciones, "el viaje mismo es entendido como una dimensión viviente del pensamiento" (Franzini 2000, p. 52). Pero Kant, como sabemos, pese a sus ínfulas cosmopolitas, solo conoce Kónigsberg. No es un filósofo errante, lo que no significa, sin embargo, que su pensamiento sea gregario. Ocurre, más bien, que emprende la tarea de ordenar de forma crítica la increíble profusión de cuestiones estéticas planteadas a lo largo de ese siglo XVIII.





Vale la pena reparar en que la empresa de ordenar y a la vez mostrar los principios que animan los distintos planteamientos estéticos de su época se lleva a cabo en una obra cuyo título es Crítica de la facultad de juzgar. Aquello que a nuestros ojos despierta la impresión de extrañeza y lejanía, a saber, que Kant trate los problemas de la estética en una obra dedicada a la manera cómo juzgamos, a las pretensiones que ostentamos en nuestros juicios y en cómo resolverlas, debiera, pues, mirarse con más cuidado. Por ese camino de la crítica, esto es, del deslinde, del análisis y la ponderación de los supuestos implicados, encontrará la forma de presentar, de una manera sistemática, los argumentos y consideraciones estéticas de sus contemporáneos que, por lo demás, se dibujan en ciertas preferencias nacionales. Así, en Inglaterra predomina la determinación del gusto sobre bases empiristas o psicológicas, en Italia dominan las tradiciones poético-retóricas, en Alemania destaca la exigencia cognoscitiva y en Francia, cuándo no, los autores disputan acalorada y apasionadamente sobre una cuestión en particular: si es mejor el arte de los antiguos o el de los modernos (cf Franzini 2000, p. 

 A su manera, entonces, sin salir de la apacible Kónigsberg, viaja Kant por estas distintas corrientes y exploraciones estéticas.
En los cuatro momentos de la Analítica de facultad estética, sin citar prácticamente a sus contemporáneos, Kant consigue ordenary zanjar las diferencias y preferencias de enfoques entre dichas corrientes. Básicamente, y pese a las simplificaciones en las que incurro, se delinea un debate con empiristas y racionalistas. Contra los empiristas, Kant sostendrá que el juicio de gusto no es explicable por argumentos sensualistas; contra los racionalistas, deslindará que en él no están enjuego elementos cognitivos o conceptuales. Más allá de estos claros rasgos demarcatorios, Kant comparte con su época una cierta inseguridad originaria entre la doctrina de la sensibilidad y las teorías sobre el arte. Se trata de una oscilación que sigue despertando nuestro interés; piénsese, por ejemplo, en la fenomenología del arte desde Merleau-Ponty en adelante, y el lugar que allí tiene la percepción. Ahora bien, en el seno de aquel debate Kant marca una distancia inequívoca con respecto a su propia época, al proponer que los juicios de gusto son autónomos, es decir, distintos a los juicios de conocimiento o morales. Pero, además, con argumentos distintos a los de sus contemporáneos destacará que la experiencia estética es intersubjetiva, esto es, concierne a todos los que juzgamos y hacemos arte. El propósito principal de la Crítica de la facultad de juzgar estética -sustentar en qué pueda basarse la legitimidad de nuestros juicios estéticos- se sostiene en la raíz intersubjetiva de nuestras prácticas estéticas.
A todas luces vemos que la primera propuesta de Kant, la autonomía de lo estético, es afín a nuestra experiencia. No se trata solamente de que difícilmente podremos equiparar, sin borronear toscamente las diferencias, lo que ocurre cuando conocemos un hecho del mundo, calificamos ética o moralmente nuestras acciones, o apreciamos los rasgos estéticos de ciertos objetos. El punto central es, más bien, que no sustentamos la pertinencia de las manifestaciones estéticas por razones morales o de conocimiento: no decimos que un objeto sea estéticamente significativo porque nos haga conocer aspectos de la realidad o porque se ajuste a nuestras valoraciones éticas. Bajo esos estrictos criterios restrictivos tendríamos que tomar como serias desviaciones casi todo el arte desde el impresionismo en adelante y, bien miradas las cosas, no poco arte del pasado. Concedo que algunos preferirían borrar de un plumazo todo el escándalo que anima buena parte de  el arte conceptual, mediático, minimalista, etc. -y hay innumerables etc.- muchos se preguntan, no sin razón, pero ¿esto es arte?, como lo hace Cynthia Freeland en el título de su libro (Freeland 2003). Adviértase que, más allá de consideraciones morales o cognitivas, estamos preguntándonos si todavía pueden ciertas manifestaciones ser comprendidas como arte ya que, ante otras, pese al rechazo moral que puedan suscitarnos o su nula contribución al conocimiento, sí estamos dispuestos a tomarlas como tal. Quizá aquel deseo de borrar de un plumazo tantas "obras" ética o cognoscitivamente equívocas se deba simplemente a un anhelo muy básico de que las cosas sean distintas a lo que son, más que a una reacción meditada y sustentada. Así pues, la autonomía de lo estético es hoy por hoy algo que, incluso ante situaciones límite, todos comúnmente aceptamos. Podría incluso aventurarme a lanzar como hipótesis que tales situaciones límite, de las que hace gala el arte contemporáneo, bien podrían ser exploraciones extremas de algo que básicamente ya todos admitimos: la autonomía de lo estético.
Detengámonos un momento en la intersubjetividad de la experiencia estética. Como sabemos, Kant realiza un análisis de lo que afirmamos cuando decimos que algo es, en sus términos, bello. El análisis presenta las bases para concluir que con dicho juicio estético apelamos a un "sentido común", esto es, a unas mismas capacidades para juzgar la manera como a todos nos podría afectar subjetivamente una representación7. Eso significa que, basándonos en esa misma capacidad para reaccionar estéticamente, afirmamos que todos podríamos tener, en cierto sentido, la misma experiencia de placer o displacer. Apelamos en suma, en los términos de Kant, a una universalidad subjetiva (cf. Kant 1991, p. 130, § 8). Esta universalidad subjetiva concierne principalmente a la intersubjetividad. Es decir, Kant intenta mostrar que hay algo en nuestra experiencia humana que, aunque no pueda ser objetivable, es accesible intersubjetivamente (cf. Früchtl 1994, p. 54). A qué me refiero exactamente y por qué este rasgo tiene plena actualidad serán tratados más adelante. Por el momento baste indicar que, aunque este segundo rasgo no pasa desapercibido, pocas veces se le presta la atención debida. Normalmente, se asume que la estética de Kant, antes que apelar a un modo común de reaccionar estéticamente, sirve más bien para hacer prevalecer el juicio subjetivo8. Tal confusión se explica por el rasgo que señalé primero: si los juicios estéticos son autónomos y, en este caso, no solo ajenos a razones cognitivas o morales, sino también autónomos en el sentido de que no debemos guiarnos por la manera cómo los demás juzgan, sino, más bien, que deba ser cada uno de nosotros quien con independencia juzgue, se corre el riesgo de interpretar este sentido de la autonomía como la pretensión de asumir que el juicio de cada uno será lo que prevalezca. Es decir, podría ocurrir que nuestras simples preferencias subjetivas, idiosincrásicas y privadas inclinasen la propia apreciación estética de cada uno de nosotros. Para evitar tal confusión, será preciso tener en cuenta que Kant no solo aboga por la autonomía, sino también por la intersubjetividad. Es más, propiamente hablando, para Kant será posible la autonomía únicamente si ella se sustenta en la intersubjetividad, esto es, en el "sentido común". Será preciso, pues, desarrollar en un primer momento los vínculos entre intersubjetividad y autonomía.
En un segundo momento quisiera ocuparme de la actualidad de la intersubjetividad bajo el aspecto de la creación artística. Como veremos, el supuesto de un sentido "común" en su relación con el arte aporta a los debates actuales, al proponernos que en materia de estética es irrenunciable una misma manera de reaccionar sustentada en la intersubjetividad.


 Intersubjetividad y autonomía estética



Comencemos con la precisión que hace Kant a propósito del término "estética". La encontramos al inicio de la Crítica de la facultad de juzgar. "Estético" se refiere simplemente a cómo "el sujeto se siente a sí mismo tal como es afectado por una representación" (Kant 1991, p 121, § 1). Sugiero entender la palabra "representación" en su sentido más básico y amplio: cualquier cosa de la que tomemos noticia, de la que nos percatemos: un sonido, un color y, por supuesto, configuraciones más complejas como un cristal de cuarzo o una obra de arte. Ahora bien, lo importante, para Kant, es cómo, en un sentido estético, esa representación nos afecta, cómo nos sentimos a propósito de ella, es decir, el polo meramente subjetivo de la representación y no su polo objetivo, vale decir, a qué ella refiera. Esto es esencial: lo estético es únicamente lo que sentimos a propósito de cualquier representación y no consiste en determinadas cualidades objetivas de los objetos. Ciertamente, esas cualidades objetivas incidirán en la representación y cómo uno se pueda sentir a propósito de ella, pero, insiste Kant, sería equívoco llamarlas estéticas. Kant entiende por estético algo muy preciso y que es necesario no perder jamás de vista para seguir la lógica de su argumentación. Estético es un sentimiento específico que nos suscita cualquier representación, sin que importen sus orígenes objetivos. Por supuesto que, además, toda representación se refiere a algo, pero eso no es lo determinante para calificarla como estética. Si se tiene un sentimiento tal que pueda esperarse -Kant va incluso más allá y dice: que pueda exigirse (cf Kant 1991, p. 129, § 7)- que todo sujeto lo tenga, es decir, que todo sujeto, ante tal representación, pueda reaccionar de esa manera, entonces el sentimiento será estético. No todas nuestras reacciones subjetivas son de este tipo, por ejemplo, el agrado que siento con el sabor de la lúcuma, no es algo que pueda atribuirle a cualquiera, ni mucho menos exigirlo. Concedo que a algunos les gustará ese sabor, pero a otros no. Y acepto, en casos como éste, sin mayores dificultades, preferencias privadas, idiosincrásicas con respecto a lo que nos agraday lo que no. Si, en cambio, estoy parada frente a la Iglesia de la Compañía en el Cusco y todo el fuego del sol que cae por la tarde ilumina y hace resaltar sus formas, como si esa fachada fuese ella misma uno de los maravillosos altares que están en su interior, y todo ese esplendor aparece recortado todavía bajo un cielo azul intenso, diré que esa imagen es bella. En este caso, también tendré una reacción subjetiva -la "representación" me afecta de determinada manera-, pero difícilmente podré aceptar que cualquiera que vea lo que yo veo no lo encontrará bello, que cualquiera no pueda tener esa misma reacción estética. No tengo ninguna garantía de que eso ocurra, porque se trata de una reacción subjetiva, librada a una cierta espontaneidad y gratuidad, pero mi sentimiento es de tal calidad, que podría esperar que todos reaccionásemos igual, podría pedir el asentimiento de todos, independientemente de si a algunos les agradan más las iglesias barrocas que, digamos, los edificios postmodernos. Es importante insistir en este punto, crucial para Kant: cuando se dice que algo es "bello", primero, no se está calificando un determinado objeto sino que se está expresando un sentimiento, y, segundo, que ese sentimiento es de tal naturaleza que no puede confundirse con una mera reacción privada, exclusiva de una persona en particular o de un determinado grupo, al que le agradan ciertas cosas y no otras.








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